Hace veinte años Irací…

Cuando Fray Hans llegó a la Parroquia yo tenía 30 años, sentía una profunda inquietud y el compartir sus experiencias de la vivencia del Evangelio me tocó a mí y a otros más. Comencé a participar de la comunidad que nacía y a participar de la misa todos los días. Visitábamos a los pobres y a los enfermos, llevábamos alimentos, conversábamos y cantábamos con ellos, dejándolos felices. Ayudábamos en el ropero de la Obra Social: lavábamos la ropa, cosíamos, colocábamos los botones.  Yo también trabajaba en el Banco, en donde me ofrecieron un puesto mejor, pero no acepté porque quería tener tiempo, había descubierto un tesoro, que no podía perder.

Yo sufría con la separación de mis padres. Fray Hans me habló del amor misericordioso de Jesús en la Cruz y que yo debería ser cono Él, un brazo abierto para mi papá y otro para mi mamá. Así, comencé a amarlos de una manera nueva. Cuando estaba con mi papá, cocinaba para él, salíamos a caminar, cuidaba de sus pies, escuchaba cuando él leía libros para mí. Y con mi mamá, veía televisión, la llevaba a pasear en auto, arreglaba la casa como ella gustaba. Y guardaba las quejas de cada uno en mi corazón. Con el tiempo, ellos se liberaron del resentimiento que tenían en sus corazones heridos. El amor misericordioso unió mi corazón.

Se mentía muy amada por Dios y Él iba encaminando todo. Luci Rosendo vino de Sergipe para comenzar la parte femenina de la Fazenda de la Esperanza. Me di cuenta de que ella vivía el mismo ideal cuando vi cómo curaba los pies de un vagabundo, con cariño, en una pieza pequeña, en la que apestaba el mal olor. Yo vivía todavía con mi mamá, a quien amaba con gran ternura. Con sus 74 años, ella esperaba que yo fuese quien la cuidara en su vejez.  Sin embargo, para comenzar con Luci yo tenía que dejarla.  Ella me pidió que esperase a que a ella muriera primero.  Pero, el llamado de Dios para seguirlo era fuerte y a pesar de su sufrimiento, ella me dijo: Si Dios te llama, anda. Nunca me arrepentí. Dios cuidó de mi mamá, quien se acercó más a Él, se volvió más alegre, se hizo de amigos y cuando Dios la llamó todos estábamos juntos.

Luci y yo no teníamos experiencia con las drogas. Cuando no sabíamos enfrentar alguna situación, Dios nos iluminaba con la frase del Evangelio de Juan 14, 21: “A quien me ama me manifestaré”. El amor fue la regla para vivir con ellas y ayudarlas. En la comunidad vivimos la comunión de bienes. Fue natural colocar en común todo lo que había ahorrado y el salario mensual.

La vida en comunidad siempre fue muy bonita, pero no siempre fácil.  Especialmente, en un periodo en que mi lado negativo se colocó en evidencia. Mis defectos me hacían sufrir y a toda la comunidad. En este proceso de conversión tuve la oportunidad de vivir: “Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Juan 12,24). Sentí la Misericordia de Dios y su gratuidad. Él me conocía, antes que yo misma y que todos; y me llamó, me eligió y me purificó. Experimenté la sensación del abandono, del rechazo, pero cono nunca sentía el amor misericordioso de Dios que me envolvía, sostenía y me hacía caminar.

El día 24 de mayo de 1997, éramos siete, en una pequeña Iglesia, quienes consagrábamos a Dios nuestra vida, al servicio de los que sufren, los preferidos de Dios.

Irací

 

 

Irací - Cópia

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