Hace veinte años Luci…

Mi familia era mi más grande tesoro. Cuando en la catequesis aprendí que el primer mandamiento era amar a Dios por sobre todas las cosas, quedé muy preocupada porque amaba más a mi familia. Más aún, cuando mi padre me dijo: Fue Dios que te dio esta familia tan bonita, por eso debe amarlo por sobre todas las cosas.

Con 19 años, a través del Movimiento de los Focolares, descubrí un modo concreto de vivir el Evangelio. Sentí, muy fuerte, que debía vivir el primer mandamiento. Dios me había amado de un modo particular en este mundo. No sólo a mí y a mi familia, sino a toda la humanidad. Quería dar mi respuesta inmediatamente. Entonces, le dije a Dios: Señor, te quiero amar en primer lugar. Si quieres algo de mí, muéstrame cómo y dónde. Pero habla fuerte porque soy sorda y habla claro, porque soy burra. Di un plazo a Dios, porque quería hacer esa experiencia antes de mi casamiento.

Al día siguiente, me encontré con cinco jóvenes de la Fazenda de la Esperanza que estaban yendo en misión para abrir una nueva unidad en Maranhão, con Nelson, mi sobrino. Les pedí que contaran sus experiencias a un grupo de jóvenes de la Parroquia en la cual yo participaba. Una de las jóvenes preguntó por qué sólo existía Fazenda para hombres y no para mujeres. Nelson respondió que no había, porque no tenían a ninguna valiente que quisiera dar su vida a Jesús, en un trabajo como ese. En aquel momento, sentí claramente que Dios estaba respondiendo mi pedido. Fue cono si no existiese nadie más en esa sala, sólo yo y Él. Allí Él me estaba mostrando cómo y dónde podía ser su instrumento y colocarlo en primer lugar en mi vida.

Recibí una llamada telefónica de una senadora conocida colocándome al tanto de una joven de 15 años, que necesitaba de ayuda para dejar las drogas. Llamé a Guaratinguetá y supe que todavía no había comenzado la parte femenina. Marqué una entrevista con Vera. Así se llamaba la joven, y ahí entendí que Dios me llamaba. Dejé mi familia, mi novio, mi lavandería, mis amigos y mi tierra y, el 4 de noviembre de 1988, junto con Irací, recibimos a las primeras chicas, en un pequeño apartamento.  Mi intención era la de quedarme tres meses en Guaratinguetá (SP) para dar comienzo al centro femenino y volver para casarme. Pero decidí quedarme en la Fazenda. Encontré mi vocación, me consagré a Dios y veo que, por medio de su misericordia, Él hace renacer para Él un incontable número de hijos e hijas, en tantos lugares. Yo siempre fui feliz, pero hoy soy más feliz de lo que era antes.

Luci

 

Luci - Capa

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