Hace veinte años, Ildamar…

Soy de una familia simple del interior del Estado de Sergipe. Durante muchos años, sufrimos por el alcoholismo de mi padre. Era un hombre muy bueno, pero cuando bebía se transformaba. Creo que por esto me volví una cristiana de poca fe, incluso frecuentando el grupo de jóvenes de mi parroquia y trabajando en una institución para adolescentes infractores.

Conocí la Espiritualidad del Movimiento de los Focolares precisamente en este momento de gran dolor en mi familia. Era fascinante el modo inspirado por Chiara Lubich de mirar a los otros con una mirada nueva, viendo a Jesús en cada uno y recomenzando siempre. Nunca había escuchado hablar con tanta intensidad del modo misericordioso de Jesús para tratar a cada persona. En mi primer encuentro de la Palabra de Vida, escuché que Jesús está en el otro y fue algo muy fuerte para mí. Yo lloraba mucho. Hoy, yo sé que mi padre era el primer recuperando a quien yo debería ayudar. La palabra me ayudó a evitar peleas y a ser más paciente. En todo buscaba amar a mi padre.

Fue así, que comencé a pedirle a Dios que me mostrara un lugar, aunque fuera lejos, donde pudiera servirle. Y a cambio pedí que Él  suavizara la situación en mi casa. Tengo un hermano que hoy es sacerdote y, en aquella época, hizo una experiencia en la Fazenda de la Esperanza. Volvió muy feliz y me contó que existía la parte femenina. Quedé entusiasmada y decidí el 1992, viajar a Guaratinguetá, con el fin de conocer esta nueva realidad.

Nunca había salido sola para ir tan lejos. Dejé mi familia y mi trabajo. En la Fazenda, me sentía feliz por vivir junto a las chicas que se estaban recuperando. Era como una familia. Todo muy simple, pero me hacía una persona realizada. Tenía mucha nostalgia de mi familia. Recibía malas noticias de mi papá, sin embargo, lograba superar todo. Existía un sentido nuevo en cada cosa que realizaba.

La experiencia de vivir concretamente la Palabra me hacía una persona capaz de convivir y superar la situación de dolor en mi familia. Después de algunos años, mi padre enfermó y resolví que debía cuidar de él y estar a su lado. Fue un regalo de Dios. Él partió en paz para el Paraíso.

Ya hice mis votos definitivos en la Familia de la Esperanza. En mi vida, busco hacer lo que Jesús pidió, poner la mano en el arado y no volver atrás. A pesar de mi carácter fuerte, estoy fascinada por esta vida concreta y visible del Evangelio, que transforma todo y nos hace recomenzar cada día. Estoy apasionada por el lugar que Dios pensó para mí. Quiero dar la vida por cada joven, que llega a la Fazenda, y por toda la obra. Deseo ser fiel cada día al inmenso amor que Dios tiene por mí.

Ildamar

 

Ildamar

 

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